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Unos de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos los educadores caninos no es en realidad el trabajo con el perro (se supone que los profesionales tenemos herramientas para afrontar distintos casos… y suficiente humildad como para, si es necesario, remitirles a un profesional que llegue adonde nosotros no llegamos), sino la relación con sus tutores, las personas que en un momento dado, a veces desesperados, deciden llamar a un profesional para que les ayude.

Si bien es cierto que cada vez son más las personas que contactan con nosotros cuando les llega el cachorro o adoptan un perro adulto, todavía hay mucha gente que recorre al educador cuando el “problema” se hace demasiado grande como para que ellos por si solos sean capaces de solucionarlo.

A menudo transcurre mucho tiempo desde que el perro empieza a realizar un comportamiento que llamaremos “indeseado” hasta que, desesperados, nos llaman.

Pueden que hayan intentado solucionar sin éxito el problema siguiendo los consejos de un vecino, un amigo o de programas de televisión.

En estos casos, llegan frustrados, desbordados, preocupados, enfadados, tristes, bloqueados… y a menudo desilusionados con un perro que les da más dolores de cabeza que satisfacciones. 

Insisto, no siempre es así, pero a veces pasa. Son personas que quieren a su perro, pero que por diversos motivos han llegado un punto en el que están cansados y desanimados.

 

 

 

Hay varias cosas que hago siempre y que creo que en casos así me ayudan a empezar con buen pie:

Valorar positivamente la decisión que han tomado.

Los primero es agradecerles haber tomado la decisión de contactar un profesional. A menudo a la gente le cuesta dar este paso (hay gente que lo ve como un fracaso…) y es importante que sepan que han hecho lo correcto, que los profesionales existen en todos los ámbitos de la vida para que podamos recurrir a ellos en caso de necesidad (Yo soy incapaz de cambiar el aceite del coche, por poner un ejemplo…)

 

Escuchar sin juzgar ni criticar.

Es importantísimo que no juzguemos a la gente. Durante una sesión pueden surgir temas delicados, desde gente que te explica que en un ataque de rabia ha pegado al perro hasta familias en las que los diferente miembros se acusan mutuamente de hacer o no algunas cosas.

Para poder hacer bien nuestro trabajo necesitamos conocer todo el contexto, incluso detalles que pueden parecer insignificantes para los tutores pero que quizás son importantísimos porque influyen mucho en el comportamiento del perro.

Para ello debemos hacer muchas preguntas, pero siempre desde el respeto.

Y tener siempre presente que nuestro papel no es el de juez ni fiscal, sino el de MEDIADOR. Y el primer paso para poder avanzar es que nuestro interlocutor no se sienta juzgado. Debemos partir de la base de que todo el mundo quiere a su perro y lo hace lo mejor que sabe y puede.

 

Compartir mis propias experiencias.

He tenido un perro reactivo con otros machos, una perra escapista, un poco miedosa y aventurera, un perro que tiraba mucho de la correa, una perra un poco chulilla… De todos y con todos he aprendido muchísimo y sus enseñazas llenan mi mochila.

Los ingleses tienen una expresión que me encanta: “Been there, done that” que viene a significar “a mi me ha pasado lo mismo”.

Compartir mis experiencias, expresarles mis propios sentimientos y explicarles los resultados del trabajo que hice para mejorar les hace sentirse menos culpables de lo que sienten y les da la tranquilidad de que con trabajo el problema se va a solucionar.

¡Hay luz al final del túnel!

 

Usar la empatía en todo momento.

Me gusta (y creo que es esencial) ponerme en la piel del otro para comprender cómo se siente: es cierto, no es nada agradable que el perro ladre a otros perros o tire de la correa; es cierto, es muy frustrante no poder dejar suelto al perro porque es reactivo/tiene miedo/es escapista…

Y es cierto también que estos problemas generan en los tutores de los perros todo tipo de sentimientos y emociones que son genuinos, lícitos y comprensibles: rabia, frustración, desilusión, preocupación…

Aceptar estos sentimientos sin culpa, comprender y sentirse comprendido es el primer paso para avanzar juntos.

 

Buscar cosas que el perro haga bien.

¡Siempre hay algo! ¡Siempre! El perro que tira como un poseso en la calle quizás no toca nada en casa y es un amor que se deshace en mimos. El perro que nos rompe cosas en casa puede que sea sociable con perros y personas. El perro que ladra mucho cuando sale quizás dentro es muy silencioso…

Cuando llega una persona muy ofuscada, frustrada y -lo peor- desilusionada (y eso el perro lo nota, ¡vaya si lo nota! Pero es otro artículo…). Entonces ayuda mucho buscar algo positivo a lo que aferrarse y a partir de ahí empezar a construir una nueva  relación.

Esto nos hace también relativizar la situación, ver que aunque hay un problema que nos abruma, también hay cosas positivas que tenemos que valorar.

 

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Cambiar la visión negativa que tienen sobre su perro, respirar hondo y empezar a reconstruir la relación es el primer paso hacia el éxito.Es importante antes de empezar cualquier trabajo con un perro y su familia generar antes una relación de confianza y respeto para que los tutores del perro estén abiertos al aprendizaje, se sientan cómodos con nosotros y deseen emprender un camino que posiblemente no será ni corto ni fácil, pero que seguro que será gratificante.

Al fin y al cabo es la familia la que va a generar el cambio; es a ellos a los que tenemos que transmitir nuestras ideas y enseñanzas para que ellos, a su vez, enseñen a su perro.

Si no remamos todos en la misma dirección no podemos avanzar.

Porque cuando acabe la sesión y nos vayamos ellos se van a quedar solos con su perro. Con su perro y con las pautas, pensamientos y energía que nosotros hayamos sido capaces de transmitirles.

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